lunes 15 de agosto de 2011

La ciudad de las cinco lunas - Odio


-Son las 9:00, es hora de levantarse- se dijo.
-¿Para qué?-Respondió Kivara
-¿Para qué seguir tumbado intentando dormir?-dijo Melo
-Pero estoy cansada y tengo sueño.
-Pero hay cosas por hacer. Leer sobre las viejas cenizas del Vesubio, sobre las Gorgonas de hierro, y aprender los secretos de la Atlántida.
-Me conformo con poder dormir.
-No malgastes tu pensamiento con rabia.
-Más bien odio, diría yo-dijo el Arlequin.

Melo no sabía que más podría decir para dejar de autodestruirse. Hiciera lo que hiciera, parecía no poder cambiar el destino como aquella chica de la luna de las ilusiones. Él también había sentido y sentía aquella emoción subyacente fruto de la frustración, sin embargo él habia aprendido a doblegarla, a adaptar el orden por aceptar lo que ella, que se extendía más allá de la ciudad, considerase correcto y mejor.

-Y tú crees que, sea lo que sea, malo. ¿Verdad?
-¿Y acaso importa?- le respondió el insignificante muñeco.

Aquella sensación, semejante a la inquietud del enamorado que termina con la simple confirmación y la lógica pregunta posterior, se prolongaba, desgarrando y agonizando al moribundo latiente. Sus historias, estaban llenas de cuervos asesinos en los que podría descargar su ira, pero comprendía que el problema no estaba en ellos si no en el temor de que presentes o no, su veneno permaneciera empozoñando las aguas de la ciudad de las cinco lunas y contaminando el horizonte bajo la estrella del alba.

-¿Existe cura?
-Existen muchas- Respondió sin dudar el Arlequín.

Melo volvió la vista hacia Libra. La Determinación. Permanecía en el aire, en suspensión, intentando volar como aquella diminuta ave, y anhelando noches en las que veía amanecer.


Y vuelvo a este blog para escribir palabras que deberían desaparecer. Si alguno me ayuda a cerrarlo, se agradecería.